Estos últimos días han sido extraños. Todavía no me acostumbro a mi antiguo ritmo de vida. A sentarme en el escritorio a leer, a escuchar música, a buscar desesperadamente anuncios de trabajo, a ver películas, a ver cuál será mi próximo movimiento. Aunque esta vez sé cual será mi próximo movimiento y necesito estar preparado para ello. Necesito estar preparado para tomar mi vida y largarme a otro lugar. A una ciudad que no conozco y que estoy seguro no llegaré a conocer por completo. Uno nunca termina de conocer a la gente, me dijo alguien que conocí en el verano, y encuentro que esa máxima también se puede aplicar a las ciudades. Porque uno nunca termina de conocer una ciudad, así como uno nunca termina de conocer a una persona. Pero el tema es que en un mes o quizás en un mes y medio me voy de mi ciudad, que nunca termine de conocer, para irme a otra. Para empezar, al menos por un tiempo, otra vida. Una vida que en este momento necesito experimentar. Porque vengo arrastrando esta ansía de irme hace un largo tiempo, desde la pandemia o un poco antes tal vez. Ahora es el momento para hacerlo. Tengo unos ahorros que sé no serán suficientes y que más pronto que tarde se me acabarán, pero al menos me servirán de apoyo para sostenerme y agarrarme. Al menos hasta que ya no pueda más. Hasta que mis manos y mis piernas se cansen y ya no puedan más. Hasta que mi mente y mi cuerpo se cansen y ya no puedan más. Estaré solo. Y me sentiré solo y me hundiré en una soledad gigantesca. Una soledad que no cabe en páginas. Pero necesito aprender a sobrellevar y a llevarme bien con esa soledad, porque no existe otra manera. Es esto o es nada. Es el todo por el todo. Y por fin me siento preparado para ello.
Vuelvo al comienzo, estos días han sido extraños. Y he extrañado mucho también. Ha pasado poco tiempo, pero siento que cada día ha sido como una pared de ladrillo que me cae encima. Me había acostumbrado tanto a estar fuera de casa, fuera de mi zona de confort, fuera de estas cuatro paredes llenas de libros y de discos y de cuadernos y de libretas y de dibujos y de poemas. Suena bien, y lo es. Me agrada estar aquí. Pero también me desespera. Me angustia. Me da ansiedad. Porque extraño demasiada esa poca vida que tuve durante dos meses. Ese trabajo, ese horario, esa cama, esas malas horas de sueño, ese despertar junto a amigos, ese despertar de voces fuera de mi ventana, ese despertar para desayunar con esa persona importante, ese despertar para comenzar otro día casi idéntico al anterior y que, sin embargo, me hacía sentir feliz. Extraño tanto esas conversaciones en el horario de trabajo, esas risas involuntarias, esas miradas a través de un cuadro caótico, esa preocupación por las quemaduras de mis brazos, esas sonrisas que me regalaste, esas amistades que se convirtieron en hermanos, esas mujeres de la cocina que se convirtieron en mis madres, esa dicha que me cobijaba cada vez que pensaba que al día siguiente te vería. Ten cuidado, me dijiste y tuviste razón. Ahora me duele esa distancia. No la distancia geográfica, que también duele, sino la distancia de tu presencia. Tu ausencia. Esta ausencia que es como un oleaje golpeando las rocas. Ten cuidado.... ten cuidado.... ten cuidado... No, me alegro de no haber tenido cuidado. Porque ya estoy cansado de tener cuidado. De ahogarme en sentimientos incomunicables. De entristecerme en recuerdos inventados. De desgarrarme en sueños imposibles. No, ya no quiero tener cuidado. Y no me importa escuchar las mismas canciones todos los días, recordar lo mismo todos los días, escribir sobre lo mismo todos los días, hablar sobre lo mismo todos los días, porque así mantengo vivo esto que no quiero matar.
Hace poco leía los poemas de Idea Vilariño, mi poeta favorita en este momento, tan intensa que me trasmite cada emoción con sus palabras y sus versos, y encontré un poema que se titula Noche Desierta. De cierta manera así me he sentido últimamente, tal como lo describe este poema:
Noche desierta
noche
más que la noche todo
el vacío espantable de los cielos
cercándome mi noche
o mi cuarto mi cama
mis pocos años míos
de sangre piel respiración
de vida
quiero decir
mi vida fugaz
mis pocos años.
Y nadie a quien poder
abrazarse llorando.
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