domingo, 4 de agosto de 2024

HUMO

 

 

Se me acabaron los cigarros y me duele el pecho. ¿La razón? El cigarro. He fumado como un condenado a muerte estas últimas dos semanas. Una cajetilla de 20 cada dos días. Una cajetilla de 20 en dos días. Hace un par de noches, me fumé una cajetilla de 20 en unas horas. La cajetilla que compré ayer ya se me terminó. Unos Lucky Patterson Blue. Cajetilla Blanda. Mis favoritos en estos días. Son suaves y ricos y no dejan una sensación desagradable en la boca. Aunque quizá yo ya no siento ninguna sensación desagradable por estar fumando tanto. No sé en qué momento me ganó el vicio. Hace muchos años que fumo. Pero nunca había fumado de la manera en que fumo ahora. Y sé que me está haciendo mal porque me canso más, me cuesta respirar, me cuesta hablar, me cuesta tomar aire, me cuesta caminar. Fumar me está pasando la cuenta, me está acortando la vida. Soy tan consciente de esto como soy consciente de que las guerras nunca van a acabar. Pero no hago nada al respecto. Sigo comprándome cajetillas. Sigo fumando. Sigo apestando a cáncer. No puedo evitarlo. 

Se me acabaron los cigarros y escucho de fondo una compilación de Dark Ambient de Twin Peaks. Aún recuerdo cuando la vi por primera vez, cuando estaba en la universidad. Mientras veía el primer capítulo supe enseguida que se iba a convertir en una de mis series favoritas de toda la vida. Y así fue. Twin Peaks tenía todo lo que a mí me gustaba, todo lo que me sigue gustando. Esa atmósfera siniestra y helada. Una muerte extraña y misteriosa. Macabra. Un detective en un pueblo pequeño. Una secretaria de la que solo conocemos su voz. Personajes raros y situaciones ridículas. Escenas oníricas y fantasmales. Drama, acción, comedia, suspenso, misterio. Una serie perfecta. Aún la recuerdo y espero poder volver a verla en algún momento. Mientras pienso en Twin Peaks y especialmente en el Detective Especial Dale Cooper, me entran ganas de fumar. A pesar de que el detective no fuma. Pienso si debería salir a comprarme una cajetilla. Pero es domingo y sé que la botillería ubicada a dos cuadras de la pensión, está cerrada. Pero podría buscar en Uber Eats o PedidosYa. Aún es temprano. Son dos para las nueve de la noche. Es muy probable que encuentre alguna botillería abierta. Y si ese no fuese el caso, puedo comprar en algún servicentro de 24 horas. Me urgen las ganas de un cigarro. Necesito un cigarro. Así como quien necesita una ducha o una caminata o una sesión de terapia, yo necesito un cigarro. Mentira, soy un mentiroso. Necesito más de un cigarro. Dos o tres o quizá cinco. Tal vez, seis. Todo depende. 

Ingreso a Uber Eats y veo que hay algunos minimarkets abiertos y también algunas botillerías. El precio de las cajetillas sube con el envío y otras tarifas agregadas. Pero me alcanza. Busco el Lucky Patterson Azul y lo encuentro. Cuesta 3,800. En total, 4,950 con envío. En la pantalla del celular leo confirmar pedido. Estoy a punto de hacerlo. Quiero hacerlo. Necesito hacerlo. Mi dedo se alarga hacia el botón de confirmación y antes de presionarlo, escucho abrirse la puerta de al lado. Es el vecino. Alejandro. Llegó hace tres días a la pensión. Es venezolano y trabaja como repartidor. También, es cojo. O al menos eso parece. Quizá solamente se accidentó y por eso camina de la forma en que camina. Cojeando. Tampoco se lo he preguntado. No he hablado con él. Solo hemos cruzado una que otra mirada y algún saludo cordial. Nada más. Todo lo que sé es por lo que he visto y escuchado. Las paredes de la pensión son finas. Más finas que los propios pensamientos. Incluso a veces podría jurar escuchar los pensamientos de mis vecinos. Lo que sí escucho a diario son sus eructos, pedos y conversaciones eróticas que mantienen por celular.  También sus risas, llantos y ronquidos.

Alejandro cierra la puerta y lo escucho acomodarse en la cama. ¡Está matando al pueblo!, grita. Me doy cuenta que está hablando por celular. Y que está hablando de Maduro. ¡El coño de su madre!, Eso es una ilegalidad, primo, dice Alejandro. Yo veo la pantalla de mi celular y estoy indeciso acerca de comprarme la cajetilla o no. Pienso por un momento que tal vez debería guardar la plata en caso de que me quede sin comida o sin gas. Que debo ser responsable. ¡El pueblo lo sacará, tienen que sacarlo!, grita Alejandro. Bloqueo el celular y lo dejo a un lado. Hay cosas más importantes ahora. Cosas más primordiales. ¿Qué cosas son esas? No lo sé. Tal vez un buen perfume. Un buen shampoo. Una crema para las manos o un kilo de plátanos para la semana. El cigarro puede esperar. Así me limpio un poco de todo este veneno para ratas alojado en mis pulmones. ¡Qué pacheco que está haciendo, primo!, dice Alejandro. Se le escucha un poco más aliviado. 

De pronto, alguien golpea mi puerta. Un golpe que me hace saltar de la cama. Me levanto y me acerco a abrir la puerta. Es la pensionista. Buenas noches, me dice. Hola, cómo está, le digo yo. Ella sonríe afligida. No dice nada. Ya sé a lo que viene. Ella levanta las cejas y se frota las manos. Yo pienso en un cigarro. Usted sabe la fecha, me dice. Mañana me pagan, le digo. Ella aprieta los labios. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes?, me pregunta. No, para nada, mañana sin falta le pago. Buenas noches, me dice y se va. Yo cierro la puerta y siento frío. Siempre me cobra un día o dos días antes de que me paguen y siempre me dice lo mismo. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes? No sé si será algo que solo me dice a mí o también al resto. Al menos nunca se lo he escuchado decírselo a nadie más. Quizá me lo dice porque soy nuevo. Porque solo llegué hace dos meses. Porque no soy de Santiago. Porque soy del sur. No lo sé. Pero Alejandro es más nuevo que yo y jamás le he escuchado que le diga lo que me dice a mí. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes? ¡Sí, vamos a tener problemas!, me gustaría decirle y ver cómo reacciona. Pero sé que nunca se lo diré. No tengo por qué hacerlo. A pesar de que vivo en condiciones medianamente precarias, que a veces no puedo ducharme porque se daña el calefont, que vivo la mayor parte del tiempo encontrando bichos y arañas en la pieza, que se me ha desaparecido un chaleco y una toalla, que huelo a humedad, que mi ropa huele a humedad, que no puedo ocupar la cocina para cocinarme nada, estoy bien. Dentro de todo, estoy vivo y bien. Desbloqueo mi celular y el pedido aún está ahí. Solo debo confirmar. Solo debo tocar la pantalla de mi celular y esperar. 

Ya es tarde cuando despierto. No me dado cuenta que me he quedado dormido, con el celular en la mano. Escucho que Alejandro ronca. Al otro lado, el otro vecino también ronca. Son las 11 y media de la noche. Domingo. Mañana trabajo. Me levanto a las ocho de la mañana. A las ocho y veinte, máximo. El sonido de la llave del lavaplatos y de los vasos quebrados me despiertan. También el olor nauseabundo que emerge del desagüe. Los gritos, las voces y mi cuerpo encorvado limpiando el piso sucio. Así es trabajar en cocina. Así es trabajar como lavaplatos en cocina. Me paro de la cama y abro de la puerta de mi habitación que da al patio. Está helado. Está muy helado. Miro hacia la puerta de la casa principal y las luces están apagadas. Cierro mi puerta y voy hasta el baño que está dentro de la casa. No hay nadie en el living. Se escucha un televisor encendido. Todas las luces apagadas. Entro al baño, levanto la tasa y me siento. Por la ventana rota del baño entra un viento denso y punzante. Tiemblo, me levanto, me limpio, tiro la cadena, me lavo las manos y salgo del baño. Abro la puerta de mi pieza y por unos segundos me deprimo. ¿Esto es lo que querías?, me pregunto. ¿Esto buscabas? ¿Esto deseabas? ¿Tanta soledad anhelabas?, me pregunto. Se escucha un helicóptero muy cerca. Las ramas de los árboles se mueven con brusquedad. Se avecina un temporal. Entro a mi pieza y cierro la puerta con pestillo. Me recuesto en la cama de almohadas azules y observo las paredes. También mis manos y mis dedos y mis uñas. La basura acumulada, la ropa sucia acumulada, la tristeza acumulada. No, esto no es lo que buscaba. No es lo que deseaba. No es lo que anhelaba. Pero es lo que necesitaba para madurar. Para reventar la burbuja. Para dejar de lado la comodidad y la calidez y la costumbre. Para darme cuenta de lo que cuesta vivir. 

Me he quedado sin cigarros y me duele el pecho. Me he quedado sin cigarros y sigo escuchando la compilación de Twin Peaks. Me he quedado sin cigarros y ya confirmé el pedido de otra cajetilla. Lucky Patterson Azul. Cajetilla blanda. 4,950. Llega en 20 minutos. Pero espero que llegue antes. 


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