Llegué a Santiago y me enfermé. En realidad, el día en que viajé, me punzaba un ligero dolor de garganta que duró todo el trayecto. Esa noche, en casa de un amigo que me hospedó mientras buscaba arriendo, dormí mal. Me dolía la cabeza, la sentía abombada y pesada. El dolor de garganta evolucionó a un dolor mucho más agudo y continúo y mi cuerpo no se acomodaba a ese nuevo espacio en el cual estaba. Estuve cuatro o cinco horas intentando conciliar el sueño, pero mi mente no lograba descansar. Al cerrar los ojos, éstos volvían a abrirse como si tuviesen vida propia, como si no quisieran introducirse en el lago de los sueños. Oía ruidos y pisadas y risas y no estaba seguro si venían de afuera o de adentro. Estaba mal. Me sentía mal. Cuando finalmente pude dormir, soñé con pirámides y desiertos de nieve. Desperté inmediatamente y me di cuenta que había amanecido. Eran las siete u ocho de la mañana. Mi amigo seguía durmiendo. A pata suelta. Envidié su estado. Quería estar así. Sentirme así. Verme así. A pata suelta. Pero no. Mi estado era otro. Un estado en alerta. Intenté imaginarme escenarios para poder dormirme, una técnica que ocupo de vez en cuando para facilitar la entrada al mundo onírico. Esta vez funcionó y me quedé dormido. No soñé nada y cuando desperté, mi amigo ya se había levantado. Yo estaba solo en su pieza. Sus cortinas estaban cerradas, pero podía sentir el sol en la habitación. La cabeza me daba vueltas y mi garganta estaba hinchada. Apenas podía respirar. Me sentía mucho peor que ayer. Me quedé un rato tendido en la cama, acostado, tapado hasta la nuca. Revisé mi celular y vi algunas historias. En ese momento mi amigo entró a la pieza y me preguntó cómo estaba. Le dije que aún no podía levantarme, que había dormido mal, que no había dormido nada. Que necesitaba dormir al menos dos horas más. Dale no más, me dijo él. Le agradecí y volví a acomodarme en la cama. Poco a poco me fui quedando dormido. Soñé algo que ya no recuerdo y cuando desperté vi la hora y eran las doce del día. Me sentía un poco mejor, pero no del todo. Me levanté despacio y mi amigo volvió a entrar a la habitación y le pregunté si tenía alguna pastilla para el dolor de cabeza y para la garganta. Sí, demás, me dijo él. Escudriñó en un botiquín del baño. Tengo ibuprofeno y nastizol, ¿cuál quieres?, me preguntó. Yo sabía que el nastizol daba sueño, por lo que solo le pedí el ibuprofeno. Me tomé una pastilla y le pregunté si me podía prestar ducha. Obvio, dale no más, me dijo. Fui a buscar mi toalla y ropa y partí a la ducha. El agua caliente fue un abrigo exquisito en mi cuerpo. Y al final dejé que un chorro de agua fría me despertara. No me hizo peor ni mejor. Seguí igual. Después de vestirme, bajé y estuve un par de horas con mi amigo y su familia. Almorzamos mientras escuchábamos un vinilo. Conversamos un rato y luego nos paramos de la mesa para salir a ver una habitación que quedaba en Providencia.
Anduvimos en metro por alrededor de una hora. En un momento empecé a marearme y a sentir un poco de naúseas al estar tanto tiempo bajo tierra. Fue extraño. No pensé que llegaría a sentirme así. Pero creo que fue por lo mal que yo estaba. Mi cuerpo no estaba al cien por ciento ni mucho menos mis capacidades para enfrentar el día. Pero finalmente lo logramos. Llegamos a Providencia. Nos bajamos en Inés de Suárez y caminamos por alrededor de veinte o treinta minutos hasta llegar a la dirección. La caminata fue fantástica. Las calles eran tranquilas y hermosas. Llenas de árboles y locales preciosos. Luminosos. En cada espacio, en cada esquina, en cada cuadra, había vida. Eso me dio un poco de vida y me hizo sentir levemente mejor. Sonreí. Sonreí todo el camino, maravillado con lo que veía. Cuando llegamos al lugar, llamé a la señora con la cual había hablado la noche anterior y le dije que estaba afuera. Ya, voy, me respondió ella. Abrió la puerta y me preguntó quién era. Hablamos ayer, soy el chico de Temuco. Ah, el Temucano, me dijo. Yo me reí y ella me hizo pasar. Gracias, le dije yo. Entramos a su casa y era una construcción antigua. Me gustó. Me gustan las casas antiguas, de maderas. Había cuadros religiosos y relicarios y una fotografía del padre Alberto Hurtado. Mientras caminábamos por el living, dos perros se acercaron rápidamente a ladrarnos. A mí y a mi amigo. ¡Córtenla!, les dijo la señora. Yo me acerqué a ellos y los acaricié. No hacen nada, son puro boche, dijo la señora. Está bien, dije yo. Me quedé un rato con ellos hasta que se calmaron un poco, pero luego volvieron a ladrar y la señora los retó. ¡Pasen rápido al patio!, nos dijo ella y nos indicó una puerta negra. Abrí la puerta y salimos al patio. Había una mesita, lavadoras a un costado y varias puertas. Algunas cubiertas solo con cortinas. La señora nos alcanzó y nos dijo que esta era una residencial de animales y personas. ¿Le gustan los animales?, me preguntó. Por mi no hay problema, dije. Ya, dijo ella. Esta es la pieza que le había dicho, me dijo la señora. Caminamos un poco más y llegamos a la habitación. Me gustó de inmediato. Era precisamente lo que buscaba. Algo donde pudiera descansar y estar tranquilo. La pieza estaba pintada de azul y de blanco. El espacio era suficiente para una persona, para una persona como yo. Por lo que le dije enseguida que la quería. ¿Está seguro?, me preguntó ella. Sí, por supuesto, es lo que busco, dije yo. Qué bueno que le haya gustado, me respondió, con una sonrisa afligida. Le pregunté si podía volver al día siguiente y que le pagaba todo. Prefiero que me deje un deposito, por último veinte lucas, me dijo. No hay problema, le respondí. Muchas gracias, lo que pasa es que muchas veces y me ha pasado que la gente dice que vuelve y no vuelve, me dijo ella. La entiendo, dije yo. No se preocupe. Le pagué cincuenta, para que viera que yo estaba completamente seguro de que quería la habitación y de que iba a volver sí o sí. Aquí usted puede estar tranquilo, no pasa nada, el barrio es calmado y no pasa nada, aquí no pasa nada, me dijo ella. Eso es bueno, es lo que busco, dije yo. Ella asintió. Nos sentamos un rato a la mesa y le pregunté si se podía fumar. Ella rio y vi que tenía una cajetilla encima de la mesa. Fume no más, aquí todos fumamos, me dijo. Es que no tengo cigarros, dije yo. Tome, me dijo y me acercó su cajetilla. Encendí el cigarro. La puerta del patio se abrió y apareció una mujer joven, de unos treinta y tantos. Ella es mi hija, me dijo la señora. Nos saludamos. ¿Se va a quedar?, preguntó la hija. Sí, dijo la señora. Sí, dije yo. Ah, qué bueno, un gusto, bienvenido, me dijo la hija. Muchas gracias, dije yo. Hablamos un rato más entre todos. La señora, su hija, mi amigo y yo. Luego vi la hora y noté que se nos estaba haciendo tarde. Bueno, mañana nos vemos, le dije a la señora. Usted me llama cuando venga, me dijo ella. Claro, le dije yo. Nos dejó en la puerta y nos despedimos.
Al día siguiente regresé y me instalé en la habitación, con mis cinco bolsos. Cinco bolsos en los que intenté meter toda mi vida. Conocí a otros inquilinos. Dos colombianos y un chileno. Muy simpáticos y chistosos y amables. A ese le decimos El Bendiciones, me dijo la hija. ¿Por qué?, pregunté. Siempre anda bendiciendo a todo el mundo, respondió la señora que fumaba en un rincón de la mesa del living. Yo me reí y él también se rió. El Bendiciones. Luego supe que él sería mi vecino de habitación. Esa noche, cuando me acosté, lo oí hablar por celular con una mujer y reírse a carcajada limpia. Cuando terminó la llamada, se quedó en silencio por un momento. Ya madre, bendiciones y que Dios me la cuide, le dijo a la persona con la que hablaba. Después de un par de minutos, él puso una serie o una película española y al poco rato empezó a roncar. Yo agarré un libro que tenía pendiente y lo leí. Lo leí escuchando las voces españolas de fondo. Avancé en el libro hasta que el sueño me empezó a gobernar. Marianne lo mira con una leve sonrisa, como si sintiera que ha ganado la discusión. A él le gusta hacerle sentir eso. Por un momento, parece posible conservar ambos mundos, ambas versiones de su vida, y pasar de una a otra como quien cruza una puerta.
Ya eran las tres de la mañana cuando mis ojos se cerraban. Aún me dolía la cabeza y la garganta, pero poco a poco iba pasando. Apagué la luz, me desnudé y me acosté. Por un segundo pensé que estaba en casa, en mi pieza, en mi cama. Y ese pensamiento, esa sensación, me hizo bien. Me hizo cerrar los ojos y dormir, pobremente, bien.