domingo, 4 de agosto de 2024

HUMO

 

 

Se me acabaron los cigarros y me duele el pecho. ¿La razón? El cigarro. He fumado como un condenado a muerte estas últimas dos semanas. Una cajetilla de 20 cada dos días. Una cajetilla de 20 en dos días. Hace un par de noches, me fumé una cajetilla de 20 en unas horas. La cajetilla que compré ayer ya se me terminó. Unos Lucky Patterson Blue. Cajetilla Blanda. Mis favoritos en estos días. Son suaves y ricos y no dejan una sensación desagradable en la boca. Aunque quizá yo ya no siento ninguna sensación desagradable por estar fumando tanto. No sé en qué momento me ganó el vicio. Hace muchos años que fumo. Pero nunca había fumado de la manera en que fumo ahora. Y sé que me está haciendo mal porque me canso más, me cuesta respirar, me cuesta hablar, me cuesta tomar aire, me cuesta caminar. Fumar me está pasando la cuenta, me está acortando la vida. Soy tan consciente de esto como soy consciente de que las guerras nunca van a acabar. Pero no hago nada al respecto. Sigo comprándome cajetillas. Sigo fumando. Sigo apestando a cáncer. No puedo evitarlo. 

Se me acabaron los cigarros y escucho de fondo una compilación de Dark Ambient de Twin Peaks. Aún recuerdo cuando la vi por primera vez, cuando estaba en la universidad. Mientras veía el primer capítulo supe enseguida que se iba a convertir en una de mis series favoritas de toda la vida. Y así fue. Twin Peaks tenía todo lo que a mí me gustaba, todo lo que me sigue gustando. Esa atmósfera siniestra y helada. Una muerte extraña y misteriosa. Macabra. Un detective en un pueblo pequeño. Una secretaria de la que solo conocemos su voz. Personajes raros y situaciones ridículas. Escenas oníricas y fantasmales. Drama, acción, comedia, suspenso, misterio. Una serie perfecta. Aún la recuerdo y espero poder volver a verla en algún momento. Mientras pienso en Twin Peaks y especialmente en el Detective Especial Dale Cooper, me entran ganas de fumar. A pesar de que el detective no fuma. Pienso si debería salir a comprarme una cajetilla. Pero es domingo y sé que la botillería ubicada a dos cuadras de la pensión, está cerrada. Pero podría buscar en Uber Eats o PedidosYa. Aún es temprano. Son dos para las nueve de la noche. Es muy probable que encuentre alguna botillería abierta. Y si ese no fuese el caso, puedo comprar en algún servicentro de 24 horas. Me urgen las ganas de un cigarro. Necesito un cigarro. Así como quien necesita una ducha o una caminata o una sesión de terapia, yo necesito un cigarro. Mentira, soy un mentiroso. Necesito más de un cigarro. Dos o tres o quizá cinco. Tal vez, seis. Todo depende. 

Ingreso a Uber Eats y veo que hay algunos minimarkets abiertos y también algunas botillerías. El precio de las cajetillas sube con el envío y otras tarifas agregadas. Pero me alcanza. Busco el Lucky Patterson Azul y lo encuentro. Cuesta 3,800. En total, 4,950 con envío. En la pantalla del celular leo confirmar pedido. Estoy a punto de hacerlo. Quiero hacerlo. Necesito hacerlo. Mi dedo se alarga hacia el botón de confirmación y antes de presionarlo, escucho abrirse la puerta de al lado. Es el vecino. Alejandro. Llegó hace tres días a la pensión. Es venezolano y trabaja como repartidor. También, es cojo. O al menos eso parece. Quizá solamente se accidentó y por eso camina de la forma en que camina. Cojeando. Tampoco se lo he preguntado. No he hablado con él. Solo hemos cruzado una que otra mirada y algún saludo cordial. Nada más. Todo lo que sé es por lo que he visto y escuchado. Las paredes de la pensión son finas. Más finas que los propios pensamientos. Incluso a veces podría jurar escuchar los pensamientos de mis vecinos. Lo que sí escucho a diario son sus eructos, pedos y conversaciones eróticas que mantienen por celular.  También sus risas, llantos y ronquidos.

Alejandro cierra la puerta y lo escucho acomodarse en la cama. ¡Está matando al pueblo!, grita. Me doy cuenta que está hablando por celular. Y que está hablando de Maduro. ¡El coño de su madre!, Eso es una ilegalidad, primo, dice Alejandro. Yo veo la pantalla de mi celular y estoy indeciso acerca de comprarme la cajetilla o no. Pienso por un momento que tal vez debería guardar la plata en caso de que me quede sin comida o sin gas. Que debo ser responsable. ¡El pueblo lo sacará, tienen que sacarlo!, grita Alejandro. Bloqueo el celular y lo dejo a un lado. Hay cosas más importantes ahora. Cosas más primordiales. ¿Qué cosas son esas? No lo sé. Tal vez un buen perfume. Un buen shampoo. Una crema para las manos o un kilo de plátanos para la semana. El cigarro puede esperar. Así me limpio un poco de todo este veneno para ratas alojado en mis pulmones. ¡Qué pacheco que está haciendo, primo!, dice Alejandro. Se le escucha un poco más aliviado. 

De pronto, alguien golpea mi puerta. Un golpe que me hace saltar de la cama. Me levanto y me acerco a abrir la puerta. Es la pensionista. Buenas noches, me dice. Hola, cómo está, le digo yo. Ella sonríe afligida. No dice nada. Ya sé a lo que viene. Ella levanta las cejas y se frota las manos. Yo pienso en un cigarro. Usted sabe la fecha, me dice. Mañana me pagan, le digo. Ella aprieta los labios. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes?, me pregunta. No, para nada, mañana sin falta le pago. Buenas noches, me dice y se va. Yo cierro la puerta y siento frío. Siempre me cobra un día o dos días antes de que me paguen y siempre me dice lo mismo. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes? No sé si será algo que solo me dice a mí o también al resto. Al menos nunca se lo he escuchado decírselo a nadie más. Quizá me lo dice porque soy nuevo. Porque solo llegué hace dos meses. Porque no soy de Santiago. Porque soy del sur. No lo sé. Pero Alejandro es más nuevo que yo y jamás le he escuchado que le diga lo que me dice a mí. ¿Vamos a tener problemas con el arriendo este mes? ¡Sí, vamos a tener problemas!, me gustaría decirle y ver cómo reacciona. Pero sé que nunca se lo diré. No tengo por qué hacerlo. A pesar de que vivo en condiciones medianamente precarias, que a veces no puedo ducharme porque se daña el calefont, que vivo la mayor parte del tiempo encontrando bichos y arañas en la pieza, que se me ha desaparecido un chaleco y una toalla, que huelo a humedad, que mi ropa huele a humedad, que no puedo ocupar la cocina para cocinarme nada, estoy bien. Dentro de todo, estoy vivo y bien. Desbloqueo mi celular y el pedido aún está ahí. Solo debo confirmar. Solo debo tocar la pantalla de mi celular y esperar. 

Ya es tarde cuando despierto. No me dado cuenta que me he quedado dormido, con el celular en la mano. Escucho que Alejandro ronca. Al otro lado, el otro vecino también ronca. Son las 11 y media de la noche. Domingo. Mañana trabajo. Me levanto a las ocho de la mañana. A las ocho y veinte, máximo. El sonido de la llave del lavaplatos y de los vasos quebrados me despiertan. También el olor nauseabundo que emerge del desagüe. Los gritos, las voces y mi cuerpo encorvado limpiando el piso sucio. Así es trabajar en cocina. Así es trabajar como lavaplatos en cocina. Me paro de la cama y abro de la puerta de mi habitación que da al patio. Está helado. Está muy helado. Miro hacia la puerta de la casa principal y las luces están apagadas. Cierro mi puerta y voy hasta el baño que está dentro de la casa. No hay nadie en el living. Se escucha un televisor encendido. Todas las luces apagadas. Entro al baño, levanto la tasa y me siento. Por la ventana rota del baño entra un viento denso y punzante. Tiemblo, me levanto, me limpio, tiro la cadena, me lavo las manos y salgo del baño. Abro la puerta de mi pieza y por unos segundos me deprimo. ¿Esto es lo que querías?, me pregunto. ¿Esto buscabas? ¿Esto deseabas? ¿Tanta soledad anhelabas?, me pregunto. Se escucha un helicóptero muy cerca. Las ramas de los árboles se mueven con brusquedad. Se avecina un temporal. Entro a mi pieza y cierro la puerta con pestillo. Me recuesto en la cama de almohadas azules y observo las paredes. También mis manos y mis dedos y mis uñas. La basura acumulada, la ropa sucia acumulada, la tristeza acumulada. No, esto no es lo que buscaba. No es lo que deseaba. No es lo que anhelaba. Pero es lo que necesitaba para madurar. Para reventar la burbuja. Para dejar de lado la comodidad y la calidez y la costumbre. Para darme cuenta de lo que cuesta vivir. 

Me he quedado sin cigarros y me duele el pecho. Me he quedado sin cigarros y sigo escuchando la compilación de Twin Peaks. Me he quedado sin cigarros y ya confirmé el pedido de otra cajetilla. Lucky Patterson Azul. Cajetilla blanda. 4,950. Llega en 20 minutos. Pero espero que llegue antes. 


domingo, 12 de mayo de 2024

POBREMENTE, BIEN.

      

 

Llegué a Santiago y me enfermé. En realidad, el día en que viajé, me punzaba un ligero dolor de garganta que duró todo el trayecto. Esa noche, en casa de un amigo que me hospedó mientras buscaba arriendo, dormí mal. Me dolía la cabeza, la sentía abombada y pesada. El dolor de garganta evolucionó a un dolor mucho más agudo y continúo y mi cuerpo no se acomodaba a ese nuevo espacio en el cual estaba. Estuve cuatro o cinco horas intentando conciliar el sueño, pero mi mente no lograba descansar. Al cerrar los ojos, éstos volvían a abrirse como si tuviesen vida propia, como si no quisieran introducirse en el lago de los sueños. Oía ruidos y pisadas y risas y no estaba seguro si venían de afuera o de adentro. Estaba mal. Me sentía mal. Cuando finalmente pude dormir, soñé con pirámides y desiertos de nieve. Desperté inmediatamente y me di cuenta que había amanecido. Eran las siete u ocho de la mañana. Mi amigo seguía durmiendo. A pata suelta. Envidié su estado. Quería estar así. Sentirme así. Verme así. A pata suelta. Pero no. Mi estado era otro. Un estado en alerta. Intenté imaginarme escenarios para poder dormirme, una técnica que ocupo de vez en cuando para facilitar la entrada al mundo onírico. Esta vez funcionó y me quedé dormido. No soñé nada y cuando desperté, mi amigo ya se había levantado. Yo estaba solo en su pieza. Sus cortinas estaban cerradas, pero podía sentir el sol en la habitación. La cabeza me daba vueltas y mi garganta estaba hinchada. Apenas podía respirar. Me sentía mucho peor que ayer. Me quedé un rato tendido en la cama, acostado, tapado hasta la nuca. Revisé mi celular y vi algunas historias. En ese momento mi amigo entró a la pieza y me preguntó cómo estaba. Le dije que aún no podía levantarme, que había dormido mal, que no había dormido nada. Que necesitaba dormir al menos dos horas más. Dale no más, me dijo él. Le agradecí y volví a acomodarme en la cama. Poco a poco me fui quedando dormido. Soñé algo que ya no recuerdo y cuando desperté vi la hora y eran las doce del día. Me sentía un poco mejor, pero no del todo. Me levanté despacio y mi amigo volvió a entrar a la habitación y le pregunté si tenía alguna pastilla para el dolor de cabeza y para la garganta. Sí, demás, me dijo él. Escudriñó en un botiquín del baño. Tengo ibuprofeno y nastizol, ¿cuál quieres?, me preguntó. Yo sabía que el nastizol daba sueño, por lo que solo le pedí el ibuprofeno. Me tomé una pastilla y le pregunté si me podía prestar ducha. Obvio, dale no más, me dijo. Fui a buscar mi toalla y ropa y partí a la ducha. El agua caliente fue un abrigo exquisito en mi cuerpo. Y al final dejé que un chorro de agua fría me despertara. No me hizo peor ni mejor. Seguí igual. Después de vestirme, bajé y estuve un par de horas con mi amigo y su familia. Almorzamos mientras escuchábamos un vinilo. Conversamos un rato y luego nos paramos de la mesa para salir a ver una habitación que quedaba en Providencia. 

 Anduvimos en metro por alrededor de una hora. En un momento empecé a marearme y a sentir un poco de naúseas al estar tanto tiempo bajo tierra. Fue extraño. No pensé que llegaría a sentirme así. Pero creo que fue por lo mal que yo estaba. Mi cuerpo no estaba al cien por ciento ni mucho menos mis capacidades para enfrentar el día. Pero finalmente lo logramos. Llegamos a Providencia. Nos bajamos en Inés de Suárez y caminamos por alrededor de veinte o treinta minutos hasta llegar a la dirección. La caminata fue fantástica. Las calles eran tranquilas y hermosas. Llenas de árboles y locales preciosos. Luminosos. En cada espacio, en cada esquina, en cada cuadra, había vida. Eso me dio un poco de vida y me hizo sentir levemente mejor. Sonreí. Sonreí todo el camino, maravillado con lo que veía. Cuando llegamos al lugar, llamé a la señora con la cual había hablado la noche anterior y le dije que estaba afuera. Ya, voy, me respondió ella. Abrió la puerta y me preguntó quién era. Hablamos ayer, soy el chico de Temuco. Ah, el Temucano, me dijo. Yo me reí y ella me hizo pasar. Gracias, le dije yo. Entramos a su casa y era una construcción antigua. Me gustó. Me gustan las casas antiguas, de maderas. Había cuadros religiosos y relicarios y una fotografía del padre Alberto Hurtado. Mientras caminábamos por el living, dos perros se acercaron rápidamente a ladrarnos. A mí y a mi amigo. ¡Córtenla!, les dijo la señora. Yo me acerqué a ellos y los acaricié. No hacen nada, son puro boche, dijo la señora. Está bien, dije yo. Me quedé un rato con ellos hasta que se calmaron un poco, pero luego volvieron a ladrar y la señora los retó. ¡Pasen rápido al patio!, nos dijo ella y nos indicó una puerta negra. Abrí la puerta y salimos al patio. Había una mesita, lavadoras a un costado y varias puertas. Algunas cubiertas solo con cortinas. La señora nos alcanzó y nos dijo que esta era una residencial de animales y personas. ¿Le gustan los animales?, me preguntó. Por mi no hay problema, dije. Ya, dijo ella. Esta es la pieza que le había dicho, me dijo la señora. Caminamos un poco más y llegamos a la habitación. Me gustó de inmediato. Era precisamente lo que buscaba. Algo donde pudiera descansar y estar tranquilo. La pieza estaba pintada de azul y de blanco. El espacio era suficiente para una persona, para una persona como yo. Por lo que le dije enseguida que la quería. ¿Está seguro?, me preguntó ella. Sí, por supuesto, es lo que busco, dije yo. Qué bueno que le haya gustado, me respondió, con una sonrisa afligida. Le pregunté si podía volver al día siguiente y que le pagaba todo. Prefiero que me deje un deposito, por último veinte lucas, me dijo. No hay problema, le respondí. Muchas gracias, lo que pasa es que muchas veces y me ha pasado que la gente dice que vuelve y no vuelve, me dijo ella. La entiendo, dije yo. No se preocupe. Le pagué cincuenta, para que viera que yo estaba completamente seguro de que quería la habitación y de que iba a volver sí o sí. Aquí usted puede estar tranquilo, no pasa nada, el barrio es calmado y no pasa nada, aquí no pasa nada, me dijo ella. Eso es bueno, es lo que busco, dije yo. Ella asintió. Nos sentamos un rato a la mesa y le pregunté si se podía fumar. Ella rio y vi que tenía una cajetilla encima de la mesa. Fume no más, aquí todos fumamos, me dijo. Es que no tengo cigarros, dije yo. Tome, me dijo y me acercó su cajetilla. Encendí el cigarro. La puerta del patio se abrió y apareció una mujer joven, de unos treinta y tantos. Ella es mi hija, me dijo la señora. Nos saludamos. ¿Se va a quedar?, preguntó la hija. Sí, dijo la señora. Sí, dije yo. Ah, qué bueno, un gusto, bienvenido, me dijo la hija. Muchas gracias, dije yo. Hablamos un rato más entre todos. La señora, su hija, mi amigo y yo. Luego vi la hora y noté que se nos estaba haciendo tarde. Bueno, mañana nos vemos, le dije a la señora. Usted me llama cuando venga, me dijo ella. Claro, le dije yo. Nos dejó en la puerta y nos despedimos. 

Al día siguiente regresé y me instalé en la habitación, con mis cinco bolsos. Cinco bolsos en los que intenté meter toda mi vida. Conocí a otros inquilinos. Dos colombianos y un chileno. Muy simpáticos y chistosos y amables. A ese le decimos El Bendiciones, me dijo la hija. ¿Por qué?, pregunté. Siempre anda bendiciendo a todo el mundo, respondió la señora que fumaba en un rincón de la mesa del living. Yo me reí y él también se rió. El Bendiciones. Luego supe que él sería mi vecino de habitación. Esa noche, cuando me acosté, lo oí hablar por celular con una mujer y reírse a carcajada limpia. Cuando terminó la llamada, se quedó en silencio por un momento. Ya madre, bendiciones y que Dios me la cuide, le dijo a la persona con la que hablaba. Después de un par de minutos, él puso una serie o una película española y al poco rato empezó a roncar. Yo agarré un libro que tenía pendiente y lo leí. Lo leí escuchando las voces españolas de fondo. Avancé en el libro hasta que el sueño me empezó a gobernar. Marianne lo mira con una leve sonrisa, como si sintiera que ha ganado la discusión. A él le gusta hacerle sentir eso. Por un momento, parece posible conservar ambos mundos, ambas versiones de su vida, y pasar de una a otra como quien cruza una puerta. 

Ya eran las tres de la mañana cuando mis ojos se cerraban. Aún me dolía la cabeza y la garganta, pero poco a poco iba pasando. Apagué la luz, me desnudé y me acosté. Por un segundo pensé que estaba en casa, en mi pieza, en mi cama. Y ese pensamiento, esa sensación, me hizo bien. Me hizo cerrar los ojos y dormir, pobremente, bien. 

 


martes, 2 de abril de 2024

MARTES

 

No me di cuenta en qué momento terminó marzo y empezó abril. Fue una transición silenciosa. De repente desperté y era primero de abril. Marzo ya había acabado y por lo mismo, otras tantas cosas también se habían acabado. Pensamientos, urgencias, ansiedades, esperas, largas tardes haciendo nada y dándole vueltas al mismo escenario una y otra vez. Imposible no hacerlo si todo estaba tan fresco. Tan reciente, tan arraigado en mí. Suena mi celular y es un mensaje. Un amigo me pregunta cómo estoy. Qué estoy haciendo. Cómo va todo. Cómo va la escritura. Cómo va la novela. No me lo pregunta todo de golpe, sino con pausas moderadas. Yo le respondo en orden: estoy bien, estoy escribiendo, todo va mejor, la escritura va bien, la novela va bien, tres páginas al día. Qué bueno amigo, me dice. Espero leerla pronto. Yo le digo que me voy a demorar, que esto toma tiempo, que esto toma horas, días, semanas, meses, quizás un año, quizás dos. Quién sabe. Tranquilo, tómate tu tiempo, solo te digo que quiero leerla y que la voy a leer. Yo ,le agradezco y le digo que seguiré escribiendo. Un abrazo, chao, me dice. Chao, le digo yo. He sido ingrato con mis amigos desde que volví. No los he visitado con frecuencia, no les he hablado con frecuencia, no les he contado todo lo que quiero contarles. Los tengo botados y eso está mal. Más que mal, es feo. Estoy haciendo algo feo y no lo merecen. Para nada. Ellos siempre han estado para mí, incluso en los peores momentos, en las peores batallas, en los días más grises y oscuros que he tenido. Entonces me pregunto ¿por qué me estoy comportando así? ¿por qué me distancio tanto? ¿por qué construyo este muro entre ellos y yo? Y la única respuesta que tengo, la única respuesta que se me viene a la mente es que soy un egoísta. Que ahora necesito estar solo, conmigo, ponerme en orden, priorizar, ver qué estoy haciendo mal y qué estoy haciendo bien, recuperarme. Y para eso tengo que alejarme. Porque sé que mi mente no estará tranquila mientras estoy con ellos, mientras hablo y discuto y comparto con ellos. En este momento mi mente es una espiral que no deja de convertirse en espiral. Y no quiero que esto siga así. Menos ahora que falta tan poco para irme a Santiago. Sí. Debería dejar de sobre pensar tanto en primer lugar. Todos me dicen que es venenoso. Cancerígeno. No piense tanto que se va a enfermar, me dijo alguien hace un par  de días y tiene razón. No quiero volver a enfermarme. Pero eso me pasa cada vez que me encierro demasiado y la mejor opción ahora es salir. Dejar este absurdo de pensamientos y salir. Lo bueno es que siento que cada vez la espiral se desvanece y todo vuelve a estar en orden. Todo vuelve a estar en calma. En paz. Espero que abril sea el cariño que marzo no fue. Un cariño suave, tierno, atento, que apoya y no suelta. Que se queda para que no caiga. Y si me caigo, que me ayude a recogerme. A sentir que, a pesar de todo, las cosas van a funcionar. Porque realmente necesito que funcionen. Este mes o, mejor dicho, los últimos días de este mes, serán un experimento. Una probada de lo que puede llegar a ser la vida en Santiago. Y no quiero que esos días lleguen y arrepentirme de no haber visto a mis amigos lo suficiente. De no haberles dicho cuánto los quiero, cuánto me gusta estar con ellos, cuánto les agradezco, cuánto me han ayudado a crecer, cuán feliz me han hecho la vida. He sido un ingrato y lo sé. Un egoísta y lo sé. Ya no. Basta. Iré a sus brazos y estaré con ustedes hasta el amanecer y les confesaré todo lo que no les he confesado. Todo el dolor y la pena y la rabia y la alegría y la dicha y el amor que siento. Todo lo que viví y lo que no viví. Todo lo que imaginé y lo que no imaginé. Todo lo que soñé y lo que no soñé. Todo lo que morí y lo que no morí. Porque ya no quiero anidar espinas en mi corazón.




viernes, 22 de marzo de 2024

NOCHE DESIERTA

 

Estos últimos días han sido extraños. Todavía no me acostumbro a mi antiguo ritmo de vida. A sentarme en el escritorio a leer, a escuchar música, a buscar desesperadamente anuncios de trabajo, a ver películas, a ver cuál será mi próximo movimiento. Aunque esta vez sé cual será mi próximo movimiento y necesito estar preparado para ello. Necesito estar preparado para tomar mi vida y largarme a otro lugar. A una ciudad que no conozco y que estoy seguro no llegaré a conocer por completo. Uno nunca termina de conocer a la gente, me dijo alguien que conocí en el verano, y encuentro que esa máxima también se puede aplicar a las ciudades. Porque uno nunca termina de conocer una ciudad, así como uno nunca termina de conocer a una persona. Pero el tema es que en un mes o quizás en un mes y medio me voy de mi ciudad, que nunca termine de conocer, para irme a otra. Para empezar, al menos por un tiempo, otra vida. Una vida que en este momento necesito experimentar. Porque vengo arrastrando esta ansía de irme hace un largo tiempo, desde la pandemia o un poco antes tal vez. Ahora es el momento para hacerlo. Tengo unos ahorros que sé no serán suficientes y que más pronto que tarde se me acabarán, pero al menos me servirán de apoyo para sostenerme y agarrarme. Al menos hasta que ya no pueda más. Hasta que mis manos y mis piernas se cansen y ya no puedan más. Hasta que mi mente y mi cuerpo se cansen y ya no puedan más. Estaré solo. Y me sentiré solo y me hundiré en una soledad gigantesca. Una soledad que no cabe en páginas. Pero necesito aprender a sobrellevar y a llevarme bien con esa soledad, porque no existe otra manera. Es esto o es nada. Es el todo por el todo. Y por fin me siento preparado para ello. 

Vuelvo al comienzo, estos días han sido extraños. Y he extrañado mucho también. Ha pasado poco tiempo, pero siento que cada día ha sido como una pared de ladrillo que me cae encima. Me había acostumbrado tanto a estar fuera de casa, fuera de mi zona de confort, fuera de estas cuatro paredes llenas de libros y de discos y de cuadernos y de libretas y de dibujos y de poemas. Suena bien, y lo es. Me agrada estar aquí. Pero también me desespera. Me angustia. Me da ansiedad. Porque extraño demasiada esa poca vida que tuve durante dos meses. Ese trabajo, ese horario, esa cama, esas malas horas de sueño, ese despertar junto a amigos, ese despertar de voces fuera de mi ventana, ese despertar para desayunar con esa persona importante, ese despertar para comenzar otro día casi idéntico al anterior y que, sin embargo, me hacía sentir feliz. Extraño tanto esas conversaciones en el horario de trabajo, esas risas involuntarias, esas miradas a través de un cuadro caótico, esa preocupación por las quemaduras de mis brazos, esas sonrisas que me regalaste, esas amistades que se convirtieron en hermanos, esas mujeres de la cocina que se convirtieron en mis madres, esa dicha que me cobijaba cada vez que pensaba que al día siguiente te vería. Ten cuidado, me dijiste y tuviste razón. Ahora me duele esa distancia. No la distancia geográfica, que también duele, sino la distancia de tu presencia. Tu ausencia. Esta ausencia que es como un oleaje golpeando las rocas. Ten cuidado.... ten cuidado.... ten cuidado... No, me alegro de no haber tenido cuidado. Porque ya estoy cansado de tener cuidado. De ahogarme en sentimientos incomunicables. De entristecerme en recuerdos inventados. De desgarrarme en sueños imposibles. No, ya no quiero tener cuidado. Y no me importa escuchar las mismas canciones todos los días, recordar lo mismo todos los días, escribir sobre lo mismo todos los días, hablar sobre lo mismo todos los días, porque así mantengo vivo esto que no quiero matar. 

Hace poco leía los poemas de Idea Vilariño, mi poeta favorita en este momento, tan intensa que me trasmite cada emoción con sus palabras y sus versos, y encontré un poema que se titula Noche Desierta. De cierta manera así me he sentido últimamente, tal como lo describe este poema: 


Noche desierta

noche

más que la noche todo

el vacío espantable de los cielos

cercándome mi noche

o mi cuarto mi cama

mis pocos años míos

de sangre piel respiración

de vida

quiero decir

mi vida fugaz

mis pocos años.

Y nadie a quien poder

abrazarse llorando. 

domingo, 17 de diciembre de 2023

LA NOCHE DE LOS VASOS TRISTES

 

La noche de los vasos tristes es la noche de los recuerdos, de las nostalgias, de las decepciones amorosas y de los intentos de suicidio. Es la noche de las lágrimas pletóricas, de los sueños imposibles que arden y queman el corazón, de los versos cortazarianos y de los poetas malditos. Es la noche de la luna, de la penumbra, de las estrellas que brillan más allá del lejano y crepuscular horizonte. Es la noche de los relatos enterrados en tumbas de olvido, de desesperación, de miedo y de orgullo. Es la noche de los amores epistolares, de los amores de juventud, de los amores que destrozan la inocencia del corazón. La noche de los vasos tristes es la noche de la belleza, del amor, del encuentro efímero con el alma, del encuentro con las vívidas melancolías que abrazamos en la noche, con la lúgubre esperanza de un nuevo sentimiento. La noche de los vasos tristes es la soledad de la eternidad y el amparo del recuerdo.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Chiri mo tsumoreba yamatonara

 

es todo un viaje 

esto de sentirme 

triste y al rato feliz.

 

               ***

 

tengo 25 años

y aún no me acostumbro

a mi voz.

 

               ***

 

la peor tortura

es el recuerdo

de lo que no fuimos.

 

               ***

 

suena la alarma

son las siete y media

de la mañana

comienza el tedio matutino

la insignificante rutina 

de siempre. 

 

              ***

 

en las gritas 

de mis huesos

descansan 

mis achaques

y mis sueños. 

 

              ***

 

son las una y media 

de la tarde

de un día jueves 

del 2017

la infancia corre y grita

en el patio de recreo

y yo me hallo frente 

a una vida

con la cual 

no sé qué hacer. 

 

             ***

 

sin nada que hacer

más que leer y soñar. 

 

             ***

 

¿moriré hoy?

 

             *** 


ropa tirada

encima de la cama

un leve olor

a cigarro y leña

una balada se escucha

de fondo

mientras lloras.

          

            ***


alguien sentado

al borde 

de una montaña

esperando algún

indicio de que todo

estará bien. 

 

             ***

 

lluvioso domingo

por la mañana

café

cigarros

y música para desvivirme. 

       

               ***

 

"la soledad no es estar solo, es estar vacío"

 - séneca. 

 

               ***

 

una y media 

de la madrugada

nostalgia, radiohead

exit music for a film

estoy mal. 

  

               *** 


hay días 

en los que prefiero

no estar. 


               ***


qué tedio

qué desperdicio

qué desasosiego 

no puedo dormir

sigo despierto

estoy escribiendo.


                ***


"recuerda que es por las penas que se llega a los placeres".

 -marques de sade.


               ***


te extraño

y te amo

pero te extraño más. 


               ***


siempre pensando

demasiado fuerte. 


                   ***


mierda.

                    ***


algún día

sin pesar ni tristeza

todo estará bien. 

 

                    ***

 

si no tenemos

un hogar

quizás podamos

ser uno. 

 

                  ***


incluso el polvo, cuando se acumula, forma una montaña. 

 

 

 


HUMO

    Se me acabaron los cigarros y me duele el pecho. ¿La razón? El cigarro. He fumado como un condenado a muerte estas últimas dos semanas. ...